Aceñas de Olivares

Las Aceñas de Olivares, la esencia del paisaje fluvial


Siglo X

Aceñas de Olivares. Rueda del molino #00

Aceñas de Olivares. Rueda del molino.

Las Aceñas de Olivares es un complejo molinero de ruedas verticales que, junto con las aceñas de Cabañales, Pinilla y Gijón, son una pieza indispensable del paisaje fluvial de Zamora. A partir del siglo XV se emplearon también como pisones para batanear las lanas, principal riqueza de estos reinos, o martillos para la forja de hierro, además de facultar la molienda del cereal panificable. Las tres Aceñas de Olivares, cuyas ruedas recibieron los sonoros apelativos de monterico, manca, rubisca, armis o triquitana, verdaderas primicias de la arquitectura industrial de la ciudad, fueron propiedad del cabildo catedralicio desde el siglo XII hasta la desamortización de 1835, apareciendo su rotundo distintivo cordero pascual (agnus dei) sobre el tajamar de la aceña central. Tras su ruina y abandono, fueron rehabilitadas y felizmente recuperadas para la ciudad en 1995. Se construyeron con sólido aparejo de piedra y resolutivos tajamares que cortan y domeñan la corriente, ya vehiculada desde las bulloneras plantadas aguas arriba del curso del río.

Las aceñas de Zamora son unas de las más antiguas de España: el primer documento que hace referencia a ellas data del año 945, cuando el rey leonés Ramiro II dona al monasterio de Sahagún tres acenias in Zamora ad Olivares iuxta palatium nostrum. Pero, en el siglo XIX se inventó la electricidad, capaz de mover motores mucho más eficaces, y todo lo que hasta entonces se generaba mediante estos ingenios artesanales desapareció.

Las Aceñas de Olivares

Las Aceñas de Olivares.


Oh, río,
fundador de ciudades,
sonando en todo menos en tu lecho,
haz que tu ruido sea nuestro canto,
nuestro taller en vida. Y si algún día
la soledad, el ver al hombre en venta,
el vino, el mal amor o el desaliento
asaltan lo que bien has hecho tuyo,
ponte como hoy en pie de guerra, guarda
todas mis puertas y ventanas como
tú has hecho desde siempre,
tú, a quien estoy oyendo igual que entonces,
tú, río de mi tierra, tú, río Duradero
(Claudio Rodríguez, Al río del Duero, en Conjuros, 1958)

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